GENERALIDADES
Entendida corrientemente como la representación de un objeto no presente (sea este concreto o mental), la imagen visual se refiere a una sustitución simbólica o a una evocación material de aquello que no necesariamente lo es o existe. Como bien dice Abraham Moles, las aproximaciones al estudio de la imagen son diversas: van desde la noción que de imago o mimesis se tiene en filosofía (campo en donde podemos mencionar a numerosos autores como Platón, Aristóteles u otros más contemporáneos como Panofsky o Barasch), hasta las teorías de la forma, la percepción, la semiótica, la comunicación y aun de la física, de modo que su análisis y conceptualización se han hecho ya desde múltiples enfoques.
Sin embargo, en el caso concreto de este proyecto de investigación, la imagen terapéutica es una idea que no se encuentra definida, como tal, en las numerosas aproximaciones que ya mencioné, de tal suerte que, para definirla, será necesario recurrir a las asociaciones pertinentes. Desde luego, existen textos de psicología terapéutica en los que se hace mención del poder curativo de las imágenes, pero el concepto de imagen terapeútica (o el que pretendo proponer de imagoterapia, para referirme a su disciplina o contexto de aplicación), tal cual, no lo he encontrado como tales.
En un primer acercamiento conceptual a nuestro objeto de estudio, podemos entender a la imagen terapéutica como una representación gráfica útil para objetivar factores, cotidianamente subjetivos o no verbales, que entorpecen la sana interacción del individuo con sus semejantes y su medio. Dichos elementos, causantes de una pérdida de homeostasis, una vez construidos y observados por el mismo sujeto (en una imagen visual tangible), ofrecen la posibilidad de concientizar tanto su presencia como su posible solución. Por otro lado, la imagen de este tipo es una útil herramienta preverbal, que permite al terapeuta conducir al paciente en la construcción de su propia salud, de la que él mismo se descubre posibilitador y responsable, como veremos más adelante.
La materialidad de la imagen terapéutica, en la que puede advertirse he insistido, es una idea que numerosos autores expresan, al considerar a la imagen como una cristalización de lo real. Entre los que se refieren a ello puedo mencionar a MacCannell y MacCannel, Noel Lapoujade, Moles, Munari, Berger, Bozal y Huyghe. Si afirmo que la imagen terapéutica es una objetivación de una problemática de orden físico o emocional (es decir, de algo real), considero importante enfatizarlo en su definición. Más adelante, al referirme al contexto físico y social en el que se desarrolla el hombre, nuevamente abordaré esta relación imagen-realidad.
Al apoyarme en textos de psicología del arte y la creación, como los de Read, Thibault, Taylor y Peláez (por mencionar sólo algunos) y en otros de psicología y filosofía más generales, la asociación del concepto de terapia con el de imagen la he ido construyendo justamente en las dos vertientes a las que antes me referí: es decir, la de una imagen terapéutica a partir de la creación y la otra considerando su papel como objeto de contemplación o visualización, siendo ésta última un concepto que se refiere más a la imagen mental que a la física. Además, la importancia de la imagen como auxiliar preverbal, que también incluyo en la definición conceptual, queda evidenciada en documentos como los de Collingwood, Thibault y Thenon.
Por ahora, la definición anterior puede resultar totalmente funcionalista para el lector, pues se limita a una descripción en la que se menciona, de manera muy general, lo que hace una imagen terapéutica, más que cómo lo hace, estableciéndose así, en primera instancia, sobre la única base de las conjeturas, por lo que considero pertinente que a continuación se la aborde a partir de sus antecedentes y de las evidencias que me permiten afirmar que, como estímulo visual, puede curar o aliviar un padecimiento. Situémonos entonces en un contexto algo anterior al de una definición apoyada en la síntesis y establezcamos las ideas que nos llevaron a ella.
De los múltiples valores y funciones que se han atribuido a la imagen, interesante tópico de investigación y estudio para artistas y diseñadores, poco o nada se ha considerado (en el campo específico de la plástica) su papel terapéutico. Al respecto me surgió la interrogante ¿es posible que la imagen visual tenga la capacidad de tratar e incluso sanar padecimientos de orden físico o emocional?
Mucho se ha hablado del “poder de la imagen” como herramienta de comunicación o como estímulo placentero, es decir, ya sea como factor de identificación de grupos e ideologías específicas, como elemento útil para la expresión propia, la enseñanza, el aprendizaje, el adoctrinamiento y aún la manipulación de masas; o bien como objeto estético que provoca sensaciones agradables en un receptor.
Rene Huyghe, miembro de la Academia francesa y notable tratadista de la historia y la psicología del arte, dedica un volumen completo al análisis de algunos de los poderes de la imagen, particularmente desde cuatro áreas de conocimiento, a saber: el arte, la historia, la filosofía y la psicología, siendo en esta última disciplina en la que Huyghe se acerca más a lo que se pretende demostrar aquí, es decir, a un poder sanador propio de la imagen. En este apartado referiré algunas nociones históricas al respecto y, en capítulos futuros, abundaré igualmente acerca del resto de las menciona-das disciplinas que, de una u otra manera, han reconocido cómo la imagen visual es no sólo un factor de influencia sino, además, de cambio profundo en la vida del hombre.
Como la gran mayoría de las manifestaciones culturales, la imagen plástica, visual o gráfica, está regida por una serie de motivaciones, deseos y temores inherentes al ser humano. Si damos por cierta la premisa de que toda obra humana es, de algún modo, un autorretrato de su creador, no puede decirse que existen imágenes sin una función, porque pese a que las hay sin una denotación o connotación evidente, es claro que surgieron tras una necesidad dada.
Rudolf Arnheim, en su texto sobre psicología del arte afirma, por ejemplo, que la tendencia hacia la disolución de la forma realista, presente en el arte moderno y contemporáneo, no es otra cosa que la expresión tangible de una melancolía universal que aqueja al hombre actual, como un padecimiento cualquiera, pero que encuentra en la creación individual (que huye de la convención), una materialidad más metafísica y menos atada a los objetos. Worringer reconoció, en el periodo de posguerra, que el arte no puede ser placenteramente figurativo, fácil de decodificar, en un contexto en el que el hombre está lastimado espiritualmente y se refugia más en sí mismo, haciendo un arte cada vez más abstracto e individual.
Por su parte, Jacques Maritain, notable ensayista, considera que los deseos y amores propios de la vida humana que se reflejan en las obras, no son fines particulares, pero basta con que existan en el artista para que influyan en su expresión plástica, es decir, en la imagen por él generada, de tal suerte que no resulta tan descabellado acercarse a ideas como la catarsis, el psicoanálisis, la rehabilitación o la terapia a partir de un contexto de la plástica o el diseño.
¿DE DÓNDE SURGE EL PODER DE LA IMAGEN?
A lo largo de la historia del arte y del diseño se observa un fenómeno curioso: la imagen visual se constituye no sólo como un simple elemento de comunicación que posibilita la interrelación de las personas, haciendo efectivo el intercambio de ideas y conductas, sino que incluso ha logrado ser motivo de debate y exhaustivo análisis científico, aún hoy día. Al igual que ocurre con el lenguaje verbal, la expresión plástica se constituye como un objeto de estudio fundamental que nos sigue preocupando, quizá por su carácter de intermediario social y contextual: el hombre, además de interesarse por mejorar la calidad de las relaciones con sus semejantes, también está sujeto a una evolución adaptativa en la que el conocimiento y control de su medio son fundamentales.
Si pensamos en las primeras expresiones plásticas de la humanidad, observaremos que surgen de una necesidad por interpretar y controlar el medio. Es conocido el hecho de que muchas de las piezas artísticas de la Prehistoria, por ejemplo, muy posiblemente reflejan esta necesidad de influir en el ambiente o en el destino. Con todo, cabe mencionar que estas interpretaciones contemporáneas de una expresión, ahora llamada artística, están fundamentadas en los supuestos, en nuestras propias expectativas y percepciones actuales del mundo, mismas que no necesariamente son las mismas o guardan una exacta correspondencia con las del hombre de aquella remota época.
Una cosa cierta sin embargo es que, de algún modo, al contemplar tales producciones el hombre actual sigue sintiéndose atraído y aludido, posiblemente por intuir que las motivaciones que dieron pie a aquellas, no han dejado de ser parte de nuestra naturaleza humana. Rastrear tales móviles de la imagen, nos será útil para acercarnos a una respuesta para la pregunta que encabeza este apartado ¿de dónde surge el poder de la imagen?, ¿de una naturaleza humana ciertamente proclive a lo visual, pero además esperanzada en un metafísico poder de los significados?
A este respecto, numerosos historiadores del arte, como Upjohn y Fleming, hablan de una función "mágico-religiosa" presente en las manifestaciones visuales y auditivas de las civilizaciones más antiguas y primitivas, función que no es otra cosa que un factor derivado de una necesidad de carácter espiritual, presente hasta hoy: el creador requiere no sólo expresar sus preocupaciones o plasmar aquello que le impresiona vivamente de su entorno, hace uso de la imagen también como válvula de escape de miedos y razonamientos complejos que desea compartir, o bien como objeto útil para explicarse a sí mismo lo que no entiende o rebasa sus perspectivas, pues le ayuda a dar una forma congruente a sus percepciones, a experimentar y manipular mejor lo que está (y a quien está) a su alrededor, a dar un aspecto físico y tangible a lo que no puede ver pero sabe le afecta (como las fuerzas sobrenaturales o algún desorden físico o emocional), a trascender y, en fin, a apaciguar su yo interno.
Todo lo anterior revela ya cierta función terapéutica implícita en la imagen, pues ésta tendrá el poder suficiente para resolver una serie de problemáticas diversas que, en cierta medida, entorpecen la integración y adaptación del hombre al mundo, es decir, su estancia saludable en él. Retomando el ejemplo del arte prehistórico, en él podemos apreciar una interesante fusión entre el objeto funcional y el ritual: al igual que un techo o una lanza reales, la imagen es dotada de un significado de protección, de modo que la distinción actual que hacemos entre utensilios y objetos artísticos (o entre practicidad y emoción), es posible que no haya existido en la mente del hombre de entonces. Así, hablar de una imagen necesaria para asegurar el proceso adaptativo de nuestra especie y su supremacía sobre otras formas de vida animal y vegetal, nos deja entrever la ya referida influencia de lo visual en la salud.
Para el lector puede resultar fantasiosa esta última consideración de que la imagen es indispensable para asegurar y favorecer la permanencia del hombre en el mundo. Sin embargo, piénsese en cómo se hubiera logrado un desarrollo y crecimiento, tanto cultural como poblacional (en el que la terapéutica y la mejora de las técnicas de sanación desde luego están incluidas), sin la existencia de las imágenes plásticas o gráficas. Las pinturas de Altamira en España, Lascaux en Francia o San Lorenzo en México, ciertamente nos sorprenden por su belleza, pero no sería absurdo pensar que se relacionan a técnicas y estrategias útiles para la práctica de la caza, actividad indispensable, en un primer momento, para la subsistencia de nuestra especie, o como dice William Fleming:
"Son muchas y variadas las facetas del arte, y todas juntas revelan los impulsos y aspiraciones básicos del hombre. La búsqueda de imágenes y sonidos que deleiten los sentidos es sólo una de ellas. El hombre de las cavernas tal vez dibujó sus animales para aguzar la vista antes de la caza...los aborígenes en ciertas zonas modelan ídolos y fetiches que los protejan de los espíritus malignos. Los hechiceros entonan invocaciones mágicas para devolver la salud."
¿Puede hablarse entonces de una imagen terapéutica, tanto como objeto de creación como producto de consumo? Muchos artistas contemporáneos, posiblemente de la misma manera que ocurrió con los primeros creadores,
mencionan la experimentación material y técnica (en la que evidentemente la imagen es la consecuencia), para satisfacer una necesidad expresiva. En un apartado dedicado a casos particulares, abordaré la obra de algunos artistas en la que, de manera expresa o implícita, se ha referido a la función terapéutica de la imagen, como parte de la práctica creadora.
En el caso de la imagen que se consume o contempla y que puede ser útil para sanar o conservar la salud, no es difícil descubrir que, para muchos, adquirir una imagen (pictórica, gráfica o simplemente visual por medios electrónicos), resulta indispensable como elemento que aporta placer estético, se erige como sustitución de un objeto original o sencillamente satisface una necesidad emocional de posesión. Más adelante, en esta misma sección, me referiré a ello con mayor profundidad.
Ya desde los albores del desarrollo de la imagen visual, reinterpretación y reflejo de motivaciones tanto objetivas como subjetivas del ser humano, podemos advertir que los contenidos gráficos se constituyen como objetos con poder y de poder. No es difícil advertir que la distribución de formas y colores, sobre un soporte dado está, desde tiempos antiguos, sujeta a una dinámica de contraste, dinámica en la que el hombre mismo está inmerso desde que nace y que le configura social, mental y anímicamente. Así como el ser humano descubre y traslada a su creación las relaciones de la naturaleza, en las que necesariamente existen los opuestos y la diversidad para asegurar el equilibrio, su propia interacción en el seno de su especie estará marcada por los contrastes, estructurando un pensamiento que será también el reflejo de lo contrario y lo diferente, lo superior y lo inferior. En otros términos, sabemos que la imagen tendrá una gran fuerza expresiva pero, por otro lado, será también capaz de señalar jerarquías y élites.
Si pensamos en algunos momentos particulares de la historia de la comunicación visual, observaremos que la imagen marcaba las pautas de estratificación social y es, en la actualidad, el documento visual que nos permite acceder a ideologías y modos de vida lejanos en el tiempo. Así, es común hablar de un antiguo Egipto regido por una clase noble y sacerdotal preocupada por la inmortalidad de las almas y la estancia de éstas en un mundo que, para dichas clases, se antojaba como una prolongación (desde luego, mejorada) del terrenal. Muestra clara de todo lo anterior son las fabulosas tumbas faraónicas y su complejo contenido ideográfico, que aún antes de su desciframiento gracias a la piedra de Rosetta, ya se interpretaba por los hombres contemporáneos como el reflejo de profundas necesidades emocionales. La monumentalidad, el hieratismo, el uso de materiales duraderos como la piedra, son sólo una mínima parte de los elementos que, en conjunto, nos permiten asomarnos a un pensamiento complejo en el que el poder de la imagen ya queda evidenciado.
Permitiéndonos un gran salto temporal en la historia visual, que someramente estamos revisando, podemos advertir que la función de la imagen como elemento de adoctrinamiento y dominación (o confirmación del orden vigente), era fundamental en épocas en las que la posesión de códigos especializados, como la escritura, no estaba al alcance de todos los integrantes de un pueblo, sino que se centraba en pequeños grupos que generaban y accedían a la imagen como instrumento de poder.
La Edad Media, por ejemplo, es conocida como una época de ignorancia y oscurantismo, pero es importante señalar que, más que encontrar en ella un fenómeno de retroceso o paro en la evolución del conocimiento (como se ha manejado comúnmente), la situación imperante era la de una pobre propagación del saber, mismo que siguió generándose, pero que indudablemente no se puso al alcance de la mayoría sino hasta el siglo XIX, cuando la democratización de la educación (que la hizo universal, obligatoria y gratuita, por lo menos en teoría), aceleró el intercambio cultural abstracto, así como el desarrollo tecnológico por la difusión de informaciones diversas ya ampliamente documentadas; dicha difusión fue, además, posibilitada y en gran medida coadyuvada por las imágenes visuales. En el Medioevo, por otro lado, el escaso acceso a la información escrita era suplido por un abundante cúmulo visual, que se encargaba de llevar los contenidos políticos y religiosos indispensables para conservar la organización social establecida. En las épocas posteriores la abstracción lingüística y la imagen visual interactuarán, enriqueciéndose mutuamente y persiguiendo un fin común: permitir la sana permanencia y evolución del hombre en el mundo.
Mencionaba al principio de este apartado que la imagen, como poderoso elemento cultural, ha sido motivo de discusión desde hace mucho tiempo. Relacionando esto con lo que he dicho en líneas anteriores, me parece interesante abordar brevemente el fenómeno que se dio entre los siglos VIII y IX de nuestra Era y que se conoce como la controversia iconoclasta. Para sustentar mejor esta idea, remitámonos al texto de Barasch en el que se lee:
"Nunca en la historia europea se ha discutido tan apasionadamente sobre el problema de la imagen como durante uno de los periodos más importantes del imperio bizantino. En él se puede hablar casi literalmente de 'violencia': los movimientos sociales y políticos que hicieron tambalear los fundamentos mismos del Imperio Cristiano de Oriente tenían como punto de fricción la aceptación o rechazo de las imágenes sagradas."
Destaca de la lectura anterior el hecho de que la discusión sobre las imágenes (Barasch hace la distinción de que son sagradas, pero por supuesto se entiende que habla de las visuales y plásticas), fue motivo de violencia y profundos cambios en la estructura social e ideológica de un pueblo y, por ende, en su modo de vivir. Recordemos que los iconoclastas o aquellos en contra de las imágenes, no veían en estas más que burdas e insolentes alusiones de algo que es irrepetible, intangible en una realidad objetiva o material: la esencia divina. Ésta no puede tener bajo ningún concepto, de acuerdo a esta postura, relación directa con un trozo de madera o yeso.
Tales afirmaciones tendrán como base primigenia las ideas platónicas relativas a la imagen, entendida ésta como mimesis, imitación, sugerencia o evocación, tanto de la realidad física como de la mental y emocional. Para los pensadores de la Antigüedad Clásica, la imagen visual no es otra cosa que una simple apariencia óptica, una percepción confusa que aparta al espectador de la verdad, produciéndole una perturbación espiritual.
Vemos aquí una alusión a las imágenes gráficas como un elemento dañino, en oposición a su aspecto benéfico o curativo que, de acuerdo a lo que antes mencioné sobre la dinámica del contraste, también debe existir. En ese sentido, los iconódulos (a favor del uso de las imágenes) ven, en las representaciones visuales, el medio ideal para lograr no sólo un acercamiento místico del hombre con la divinidad, sino además para obtener un adoctrinamiento más fácil y rápido de la creciente comunidad religiosa.
Trasladando esta idea a la teoría que pretendo exponer aquí, sobre una función terapéutica de la imagen, no son pocos los casos en los que se han atribuido a ésta poderes curativos, ya sea como reliquia o simple representación de seres divinos o semidivinos, como ocurre con las imágenes de los santos. Desde luego, y a pesar de que tales poderes curativos pueden resultar palpables en algunos casos, no existe ninguna base científica para atribuir a una imagen de San Judas Tadeo, por ejemplo, dicho potencial. En todo caso, podemos echar mano de las investigaciones que, en el campo de la Psiquiatría y la Psicología, se han hecho sobre el poder mental y la sugestión... sin embargo, lo interesante de destacar aquí es que una fuerte influencia de la imagen en la vida del hombre es un hecho comprobable, pues de algún modo ha incidido para que la humanidad exista y sea como es, tanto en el pasado como en el presente.
Ahora que menciono investigaciones más científicas (y para muchos más fiables que las disertaciones filosóficas o históricas a las que ya me he referido), me
gustaría citar, de manera muy general e introductoria, cinco corrientes de pensamiento en las que la presencia de la imagen es de importancia central y en cuyos principios pueden encontrarse ideas útiles para la construcción conceptual que, al inicio de esta sección presenté. Abundaré, en capítulos posteriores, sobre cada una de dichas corrientes.
En primer término, para los psicólogos de la escuela gestaltista, que toman como fundamento de su teoría el orden y el equilibrio de las estructuras que influyen los procesos cognoscitivos, una imagen terapéutica será aquella que permita al individuo regresar a una homeostasis perceptual y conceptual que es, en suma, la participación humana inteligente. Esto es lo que ellos llaman la Ley de Pregnantz, que puede traducirse como "ley de la buena forma". En otros términos, el gestaltismo pone de relieve que la imagen fácilmente decodificable, que resulta lógica para quien la observa, es la que permite conservar el equilibrio mental, mientras que las imágenes ambiguas o confusas hacen que el individuo siga una de dos rutas posibles: dotar a dichas imágenes de un sentido que le permita conservar el equilibrio o bien perder su homeostasis.
Existen otro tipo de teorías que, aplicando también un valor terapéutico a la imagen, se sustentan en el principio de la aversión. Las terapias que aplican este principio, buscan resolver problemas conductuales y aún físicos de origen psicosomático, como los espasmos nerviosos. La terapia de aversión utiliza imágenes desagradables o angustiosas para desterrar comportamientos indeseables en los pacientes quienes, mediante un proceso de asociación de estímulos y condicionamiento, poco a poco van mostrando mejoría. Desde luego, esta clase de tratamientos resultan en ocasiones traumáticos y se apoyan en dinámicas de choque, pero de acuerdo a investigadores como Feldman y MacCulloch (1965), se trata de que la experiencia aversiva sea lo más corta posible, mientras que el uso de las imágenes agradables, empleadas para reforzar las conductas positivas, se prolongue como reforzamiento.
Los test (como el de las manchas) que utilizan imágenes como herramientas de diagnóstico de la personalidad o de desórdenes de la conducta, son todavía comunes en el área psicológica y psiquiátrica, aunque actualmente se los considera apoyados en juicios demasiado aprioristas. Su uso, sin embargo, nos permite dilucidar el papel que la imagen ha tenido en estos campos de conocimiento que, por ser perfectibles, no son absolutos pero sí arrojan datos útiles para las disciplinas cercanas.
Otro uso terapéutico de la imagen podemos encontrarlo en la educación especial. Recordemos que ahora los llamados materiales didácticos, cuya difusión ha ido en crecimiento, son en algunos casos otra forma de utilizar la imagen como elemento que ayuda a obtener salud. Piénsese en las ayudas encaminadas a mejorar o rehabilitar la asociación de ideas o la capacidad motriz de las personas con capacidades diferentes.
El quinto punto de vista interesante que no debemos pasar por alto en este trabajo, es el llamado "método paranoicocrítico", importante aportación de Salvador Dalí al Surrealismo. Inspirado en los trabajos sobre los sueños de Sigmund Freud (cuya teoría psicoanalítica se revisará también en un próximo capítulo), éste método retoma el efecto catártico que, inducido a través de hipnosis, permite a los pacientes recordar experiencias traumáticas reprimidas, que al hacerse conscientes o aflorar mediante la creación plástica pueden aliviar la enfermedad psíquica. De este modo, en el caso específico de Dalí está patente el hecho de que, mediante la imagen, pueden evocarse y desahogarse aquellas visiones oníricas presentes en la realidad subconsciente.
Retomando el aspecto de la imagen como objeto de evocación, útil para provocar un placer tanto creativo como estético, que puede redundar en un beneficio (me referiré a ello con mayor profundidad en apartados venideros) me parecen elocuentes las palabras de Upjohn, Wingert y Gaston:
"La armonía de formas que se manifiesta en la pintura, en la escultura o en la arquitectura, seducirá al alma del esteta, mientras que la belleza global de esas mismas formas [imagen] acrecentará el placer que todo ser humano experimenta ante los objetos que le rodean. Y tanto el creador como el aficionado sensible encontrarán en el arte una depuración de sus sentimientos."
Desde luego, yo agregaría el diseño y la comunicación visual, no como expresiones artísticas propiamente dichas, pero sí como herramientas útiles para lo que estos autores llaman una "depuración de sentimientos". Pensemos la tranquilidad que muchas personas sienten sencillamente observando las fotografías familiares, una revista de espectáculos o la televisión. Aunque aquí hablamos de imágenes que pueden considerarse como simples distractores de la atención, desde el momento en que son capaces de provocar un sentimiento de relajación o un efecto antriestrés, podríamos inclinarnos a considerar sus funciones terapéuticas. Naturalmente, no todo lo que vemos en un álbum de familia, en una publicación o en un medio electrónico puede considerarse benéfico para la salud, pero los ejemplos de imágenes positivas para el ser humano se encuentran en muy diversos soportes y medios.
Debe quedar claro que el objetivo de este trabajo de investigación no es catalogar a las imágenes como "buenas" o "malas", pues este sería un juicio de valor bastante abstracto y de cortos alcances para lo que realmente interesa analizar aquí. Si pensamos en las motivaciones de algunos tipos de estampa japonesa o incluso de pornografía, la idea preconcebida que puede tenerse como "imágenes malas" o "nocivas", está muy lejos de las finalidades, de posesión momentánea y distensión sexual, que representan para algunas personas, fines que ciertamente pueden considerarse (mientras no dañen a terceros), como terapéuticos para un espíritu altamente erótico, por ejemplo.
La llamada "medicina alternativa", tan de moda y en boga actualmente, ha descubierto otras rutas de búsqueda para la salud del hombre. Técnicas como la aromaterapia, el feng sui, la acupuntura, la iriología, la delfinoterapia, la arteterapia, la musicoterapia o la cromoterapia, son sencillamente el reflejo de una humanidad preocupada por solucionar enfermedades de orden psíquico y físico, ante la evidente incapacidad de la medicina alópata tradicional de resolver los problemas de salud pública, tan numerosos y diversos como son.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario